Voluntariado02/12/2022

Nuestra voluntaria en Yurimaguas (Perú) nos habla de su sueño hecho realidad

Irati Amezaga Alonso realiza por segunda vez su labor como voluntaria en la Amazonía en Perú tras un regreso forzoso hace dos años debido a la pandemia mundial de La Covid-19.

Antes de venir a Yuri de nuevo, sabía que estaba mucho más preparada que en 2020 para vivir una experiencia de voluntariado, pero esta vez lo que más me asustaba era venir sola y sentirme sola.

La otra vez tenía a mi gran compañera Alba para estar a mi lado, para compartir todo lo que estábamos viviendo y sentir y vivir juntas la experiencia. Pero esta vez tocaba vivirla sola y para mí está siendo un gran aprendizaje: conocerme más profundamente; enfrentarme a retos, experiencias y emociones sola; y sentirme feliz en mi
soledad y en el silencio.

Llevo ya dos meses aquí en Yurimaguas y siento que llevara mucho más tiempo, no sólo por tener una rutina llena de tareas o por vivir muchas experiencias a la vez, sino por lo cómoda que me siento en un lugar donde no he crecido. Realmente me siento como en
casa y siento que este lugar es hogar para mí.

En cuanto a las tareas que estoy realizando aquí, siento que encajan con lo que soy yo y lo que me gusta hacer. Las clases que doy a las chicas de primaria, secundaria y de la universidad encajan con la parte educativa que tanto me encanta y siento que parte de mí,
de lo que sé, está calando en ellas y estamos aprendiendo mucho conjuntamente. Luego, está la labor de Cáritas, que junto con la Secretaria General, estoy preparando y dando formaciones de pastoral social a diferentes comunidades parroquiales del Vicariato.

Estas formaciones conectan con mi parte creativa creando ideas continuamente y con la parte comunitaria, ya que en cada parroquia que visitamos hay un grupo distinto que hace equipo por crear una pastoral por los que más lo necesitan y dan sentido a la palabra comunidad.

Esta experiencia me está sirviendo para vivir cada momento y para tomarme las cosas con mucha más tranquilidad y siento que así soy mucho más feliz. Creo que allí vivimos como locos, con nuestras rutinas, con las agendas llenas y a veces no acabamos de disfrutar lo que hacemos. Siento que aquí el ritmo es otro, y aunque también tienen muchas cosas que hacer, no se apuran por no terminarlas y sino sale, se busca otra manera de hacerlo o simplemente no tenía que salir.

No me olvido y tengo presente a Dios en todo lo que hago. En mi tarea como hermana mayor con las chicas, en las comunidades, en las celebraciones, en las conversaciones con los misioneros, en los duros testimonios que escucho, en la pobreza que veo… Y también
siento a Dios en las relaciones que estoy forjando, en los saludos, en las sonrisas, en la preciosa selva, en los atardeceres rojizos y todo ello hace que esta experiencia para mí tenga sentido.

Gracias a Cáritas por darme esta oportunidad de volver a venir, de volver a vivir y de volver a conectar. Gracias a todas las personas de la selva que me acogen, que me cuidan y hacen que me sienta una más. Y gracias Dios por hacerme más valiente, más humana y
más feliz.