Ser cooperante en Filipinas: «La resiliencia tiene que estar en el ADN de cada proyecto»
Hablamos con uno de los cooperantes de Cáritas Española en Filipinas sobre su día a día, las dificultades de trabajar en un país especialmente expuesto a los desastres naturales y todo lo que aprende de las comunidades a las que acompaña.
De Níger a Filipinas, pasando por un destino inicialmente previsto en Etiopía. La cooperación internacional está llena de cambios, aprendizajes y desafíos inesperados. Hablamos con uno de los cooperantes de Cáritas Española en Filipinas sobre su día a día, las dificultades de trabajar en un país especialmente expuesto a los desastres naturales y todo lo que aprende de las comunidades a las que acompaña.
¿Cómo has llegado a ser cooperante en Cáritas?
En abril de 2024, mientras terminaba otra misión como cooperante y representante país de una pequeña ONG española en Niamey, Níger, vi una convocatoria para formar parte de Cáritas en Etiopía. Mi idea era trasladar los aprendizajes de mi experiencia como cooperante de una región a otra y, al mismo tiempo, aprender todo lo que un país tan distinto como Etiopía podía aportarme.
Finalmente, después de realizar todo el proceso de selección, me ofrecieron la posibilidad de incorporarme a Cáritas como cooperante en Filipinas. ¡Un desafío que no me esperaba para nada!
Sin embargo, desde muy joven siempre me había interesado esa parte del mundo y, especialmente, un país como Filipinas, con tantos lazos históricos con España. Así que acepté la oportunidad. Y aquí sigo.
¿Cuál es tu formación?
Soy politólogo de formación, especializado en Relaciones Internacionales. Aunque hoy no me definiría únicamente como tal, porque el trabajo de cooperante va mucho más allá de los conocimientos sobre sistemas políticos.
Mi formación, sin embargo, me ayuda a comprender mejor la situación en la que se encuentran las poblaciones más vulnerables y cómo podemos desempeñar un papel importante a la hora de promover políticas públicas, tanto en España como en los países en los que trabajamos, que contribuyan a mejorar la vida de estas personas.
¿Cómo es un día «normal» para un cooperante?
Realmente no existe un día «normal». Esa es parte de la gracia y también del desgaste de este trabajo.
Un día puede empezar revisando correos y documentos de formulación de proyectos —presupuestos, indicadores MEAL o apartados técnicos— y terminar en una reunión de coordinación con la Cáritas que acompañamos, ya sea nacional o diocesana, o con otras organizaciones que trabajan en ámbitos similares o complementarios.
Hay temporadas de oficina, muy administrativas y centradas en la gestión con la AECID, y otras de terreno, en las que el ritmo lo marcan las comunidades y el propio contexto: reuniones con líderes locales, visitas a proyectos o coordinación con responsables de los gobiernos locales para apoyar la gestión de una emergencia.
Lo que sí es constante es la mezcla de idiomas, interlocutores y escalas. Por la mañana puedes estar hablando de cifras de un presupuesto en euros y, por la tarde, sentado en el suelo de una comunidad rural hablando sobre cómo proteger un bosque comunal.
¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
Precisamente ese contraste. La sensación de movimiento constante entre la oficina y el terreno, entre los compañeros y las comunidades.
Y, sobre todo, poder aportar un granito de arena para ayudar a las personas que más lo necesitan, siempre siendo conscientes de nuestras limitaciones como personas y como parte de un contexto y de un sistema determinados.
¿Y qué es lo más difícil?
La burocracia y los tiempos. Un proyecto que sobre el terreno podría ejecutarse en meses puede tardar años en aprobarse, financiarse y justificarse. Eso genera una tensión constante entre la urgencia de las comunidades y la lentitud institucional.
También es duro gestionar la distancia: estar lejos de tu entorno y de tu gente y, al mismo tiempo, no poder desconectar del todo cuando llegan malas noticias —un tifón, un terremoto o una crisis local— porque sabes que detrás de ellas hay personas concretas.
¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrenta un cooperante en Filipinas?
Uno de los principales es la desigualdad estructural y la complejidad administrativa. En todos los países existen estructuras de poder que un cooperante tiene que comprender para poder diseñar y ejecutar proyectos que terminen beneficiando realmente a las personas más vulnerables y no a quienes ya disponen de más poder y recursos.
Filipinas, además, es un país con una burocracia enorme. Lo aprendes rápidamente cuando intentas ayudar a una pequeña organización comunitaria a conseguir sus propios permisos. Te das cuenta de que incluso un grupo de mujeres o agricultores muy comprometido puede quedarse fuera del sistema simplemente porque no tiene a nadie que sepa desenvolverse en ese laberinto.
Como cooperante terminas conociendo, un poco a la fuerza, tanto los resortes legales como los informales, porque, de otra manera, muchas actividades nunca llegarían a buen puerto.
El segundo gran reto es la exposición constante a los desastres naturales. Cada año, especialmente entre junio y noviembre, los tifones forman parte de la realidad del país y aprendes a vivir con un ojo puesto en la previsión meteorológica durante buena parte del año.
Más de una vez he tenido que reorganizar una visita sobre el terreno de un día para otro porque se anunciaba un tifón, o llamar a un compañero de una comunidad para asegurarme de que había podido poner a salvo lo poco que tenía.
Y a ello se suman los terremotos y los volcanes, que no avisan ni tienen temporada. Todo esto hace que, como organización, no podamos permitirnos considerar la resiliencia climática y la gestión de riesgos como un añadido: tienen que estar en el ADN de cada proyecto desde el primer día.
Cuéntanos alguna anécdota que refleje cómo es la vida de un cooperante allí.
Una de las últimas que recuerdo ocurrió el año pasado. En octubre viajé por distintas zonas del país para identificar dónde podíamos desarrollar actividades para un nuevo proyecto. Me desplacé a Maasin, en Leyte del Sur, a Cebú y a Bohol.
Mientras visitaba Maasin se produjo un terremoto de magnitud 6,9 en el norte de Cebú. Dos días después estaba visitando la zona con los compañeros de Cáritas Cebú, que estaban coordinando la emergencia.
Tuvimos que desplazarnos hasta el epicentro y otras zonas afectadas para coordinar la entrega de ayuda a las familias. Y tuvimos la —mala o buena— suerte de que la movilización solidaria fue tan grande que ¡estuvimos atrapados en un atasco durante diez horas!
En aquel momento fue agotador, pero ver a tantas comunidades implicadas en ayudar a los demás me conmovió. Y también me enseñó algo importante: la solidaridad es fundamental, pero también lo es saber coordinar y organizar la manera en la que nos ayudamos unos a otros.

