Análisis y reflexión19 Diciembre 2018

COP24: Porque cada aumento de temperatura importa

Nuestra compañera del Equipo de Incidencia nos cuenta qué ha pasado en la Cumbre del Clima de Katowice.

El 12 de diciembre de 2015, 195 países alcanzaron en París un acuerdo histórico para combatir el cambio climático e impulsar políticas para un futuro sostenible para todas las personas. Unos meses antes, el papa Francisco hacía pública la encíclica Laudato si’, con una llamada a la unión y acción de toda la familia humana ante el desafío urgente de proteger nuestra casa común. Todo un momento de esperanza.

Tres años después, los mismos países –aunque distintos Gobiernos-, se han reunido en la ciudad polaca de Katowice para definir las reglas de juego e implementar los compromisos adquiridos. Si París definió los objetivos y las posibles vías para lograrlo, de Katowice se esperaba la concreción de cómo esas metas iban a lograrse en la práctica, estableciendo pautas y criterios comunes para todos los países. Es lo que en jerga climática se denomina “Libro de Reglas de París”.

Un segundo objetivo, más importante aún, era lograr un compromiso con el aumento de los esfuerzos y la velocidad de su cumplimiento. Sobrevolaba el ambiente las conclusiones del comité de expertos científicos que asesora a los Gobiernos, más conocido por las siglas IPCC, que instaba a los países a redoblar y acelerar los esfuerzos ante la evidencia de las consecuencias catastróficas de una acción insuficiente y tardía. Una preocupación que muchos Gobiernos y organizaciones de todo el mundo han compartido en el conocido como “Diálogo de Talanoa”.

¿Y qué se ha decidido tras dos semanas de debate y negociación?

 La cumbre ha logrado un acuerdo sobre el mencionado “Libro de Reglas de París”, pero los intereses dispares y las posturas irresponsables de algunos Gobiernos han impedido contar con unas conclusiones más ambiciosas. Y es precisamente del ritmo en la implementación de los compromisos asumidos en París de lo que depende nuestro futuro inmediato y el de las generaciones futuras. El IPCC nos dice que solo tenemos doce años para reducir las emisiones a la mitad y evitar los impactos irreversibles del cambio climático, que afectarán sobre todo a las personas más vulnerables y será la causa de muchas vulneraciones de derechos. Toda una transición a un nuevo modelo que solo puede hacerse desde el respeto a los derechos humanos, la participación de las personas afectadas, la solidaridad y la justicia social.

En París, los países más ricos se comprometieron a apoyar a los más empobrecidos con recursos económicos que les permitieran poner en marcha iniciativas para frenar el calentamiento global y adaptarse a sus efectos. En el trasfondo, el reconocimiento de que no todos los países tienen la misma responsabilidad en el problema, como referente de lo que conocemos como justicia climática. Este ha sido otro de los puntos sensibles del acuerdo y, aunque parece un logro que se haga referencia a la necesidad de aumentar los recursos, su cuantificación a partir de 2025 ha quedado sin concretar y, por el momento, los países más ricos no han cumplido sus promesas de financiación.

El Acuerdo de París también se comprometió a proteger, respetar y considerar los derechos humanos en la acción climática, pero la única referencia a ello en la declaración final desapareció del texto en el último momento. “Son malos tiempos para el discurso de derechos humanos”, reconocía en Katowice la recientemente nombrada Alta Comisionada Michelle Bachelet, y es por ello que desde la sociedad civil de todo el mundo hemos recordado a los Gobiernos que este debe ser un aspecto central tanto en el espíritu como en la acción del Acuerdo de París.

Mantener la esperanza

Pero no hay motivo para perder toda la esperanza. En Katowice también hemos visto Gobiernos responsables que se toman en serio el reto. Pero sobre todo hemos visto a comunidades de todo el mundo organizadas en torno a la tarea común de cuidar el planeta, con iniciativas de todo tipo que nos enseñan cómo el cambio es posible: desde la agricultura ecológica hasta el uso del saber tradicional e indígena para establecer una relación armónica con la naturaleza, pasando por el cambio en nuestros patrones de producción y consumo.

Son experiencias que nos permiten dar pasos firmes hacia esa ecología integral de la que nos habla Laudato si’. También nos hemos acordado de todas las personas que ponen en riesgo su vida para defender los derechos de sus comunidades y proteger nuestra casa común. Ahora solo queda esperar que los Gobiernos tomen ejemplo. Tenemos una nueva oportunidad en 2019, porque como advirtió Hoesung Lee, presidente del IPCC, “cada minuto cuenta, cada acción cuenta y cada aumento de temperatura importa”.