Historias de desigualdad, resiliencia y esperanza
Lourdes Jiménez, trabajadora del programa de mujer de Cáritas en Casa Besana (Jaén), comparte su testimonio desde la experiencia del acompañamiento a mujeres en situación de vulnerabilidad. Una mirada cercana y comprometida que pone rostro a las desigualdades y reivindica la necesidad de seguir construyendo, juntas, una sociedad más justa e igualitaria.
En 2022 comencé mi andadura en Cáritas, dentro del programa de mujer, concretamente en Casa Besana, en Jaén. Aunque profesionalmente llevo más años en el ámbito social, desde mi formación como promotora de igualdad de género, este comienzo no ha sido solo un trabajo, sino también un aprendizaje constante y profundamente humano.
Acompañar a mujeres en sus procesos de vida me ha permitido conocer de cerca las desigualdades que siguen marcando, día a día, sus trayectorias. Mujeres en riesgo de exclusión social, mujeres migrantes, mujeres en contextos de prostitución, mujeres víctimas de violencia de género, mujeres que, por el simple hecho de serlo, encuentran mayores barreras para acceder a una vida plena.
La realidad del mundo en el que vivimos es que la desigualdad de género sigue existiendo. En lo que llevamos de año ya hay mujeres asesinadas, niñas y niños que han quedado huérfanos y familias rotas por la violencia. Negar esta realidad no la hace desaparecer. Es una realidad que se refleja en cifras, en historias y en vidas truncadas.
Las mujeres continúan asumiendo mayoritariamente las tareas de cuidados no remunerados, lo que limita sus oportunidades laborales y económicas. La precariedad afecta especialmente a aquellas que sostienen solas sus hogares, muchas de ellas en situaciones de monomarentalidad.
En mi día a día, y en el de mis compañeras, convivimos con estas historias. Acompañamos, escuchamos, orientamos y caminamos al lado de estas mujeres. Y sentimos frustración al comprobar cómo las estructuras sociales, laborales y económicas siguen reproduciendo desigualdades que frenan sus avances. Salir de una situación de violencia o exclusión no depende solo de ellas, requiere trabajo en equipo, más recursos y una sociedad comprometida con la justicia social.
Gracias a mi trabajo, he tenido el privilegio de conocer a mujeres valientes y resilientes. Mujeres que, pese a haber vivido situaciones profundamente dolorosas, me han enseñado a seguir adelante, a reconstruirse cuando todo parecía perdido y a demostrar que sí hay salida. Ellas me han enseñado el verdadero significado de la resiliencia. Ellas me recuerdan cada día que el cambio es posible.
Cuando acompañamos desde el respeto, la empatía y la justicia social, creamos oportunidades reales. Y si caminamos juntas y juntos, podemos construir una sociedad más justa e igualitaria. Porque no se trata de luchar contra nadie, sino de transformar estructuras injustas y crear un mundo más humano y solidario. Para ello es necesario cuestionar creencias, revisar privilegios y educar en igualdad.
En este mes de la mujer, hablo desde el respeto y desde una mirada feminista. Hablo por ellas y por las que ya no están. Y reivindico que la igualdad no es un privilegio, sino un derecho. Acompañar a mujeres en este camino me ha enseñado que el cambio es posible, pero solo si es colectivo.

