Análisis y reflexión18/02/2026

Armarse contra la desesperanza

La Cuaresma es un tiempo para reforzar nuestra alegría y renovar los fundamentos que dan sentido a la vida.

Desde los primeros siglos del cristianismo, el creyente ha reconocido en la tradición una fuente viva de revelación. Esta tradición se encarna en la historia, y una de sus expresiones más significativas son los tiempos litúrgicos, que estructuran el año cristiano de forma cíclica y permiten profundizar en los misterios de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La Cuaresma es, precisamente, el tiempo que nos prepara para la Pascua.

Vivir la Cuaresma

La Pascua no puede comprenderse de manera fragmentada: pasión, muerte y resurrección forman una única realidad. La muerte no tiene la última palabra, pero forma parte del camino hacia la vida nueva.

En un mundo marcado por guerras, sufrimiento y exclusión, el cristiano se prepara en Cuaresma para dar razón de su esperanza (cf. 1 Pe 3,15). No es un tiempo para la tristeza estéril ni para el sacrificio vacío, sino para disponernos a vivir con alegría, rechazando todo aquello que apaga la ilusión y debilita el sentido de la vida.

La Cuaresma es un tiempo para armarse, como un guerrero, con las herramientas necesarias para afrontar la desesperanza y afirmar que la vida vence sobre la muerte.

La dimensión comunitaria

En este camino, la dimensión comunitaria es esencial. La conversión no es solo un proceso individual, sino también eclesial. Escuchar la Palabra de Dios y el clamor de los pobres exige comunidades abiertas a la justicia, al amor y a la reconciliación. El modo en que nos relacionamos, dialogamos y nos comprometemos con la realidad concreta manifiesta la autenticidad de nuestra fe. La esperanza cristiana se fortalece cuando se vive y se comparte en comunidad.

Ayuno, limosna y oración

Para armarse contra la desesperanza contamos con la tríada clásica: ayuno, limosna y oración. El ayuno nos libera de aquello que nos esclaviza —la autosuficiencia, la envidia, el egoísmo— y nos abre a Dios y a los demás. La limosna, tal como la entendía San Ambrosio de Milán, como justicia restaurada y no como un gesto paternalista[1]. La oración, finalmente, es el encuentro con Cristo, fundamento de toda esperanza.

La Cuaresma es, así, un tiempo para reforzar nuestra alegría y renovar los fundamentos que dan sentido a la vida. Es la oportunidad de convertirnos en comunidades capaces de sostener la esperanza en medio de la incertidumbre y de abrir caminos de vida allí donde parece imponerse la muerte. Comunidades que León XIV define en su mensaje para la Cuaresma como «lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor».

[1] Cf. S. Ambrosio, De Nabuthae, 12, 53.

Fotografía: AG. Vives