“Al final tu vida se reduce a una habitación y de ahí no sales para no molestar”
La pérdida de una vivienda puede reducir la vida de una persona a unos pocos metros cuadrados. Es la realidad que vive Lidia García, participante del programa de empleo de Cáritas Sigüenza-Guadalajara, que desde la pandemia enlaza alquileres de habitaciones ante la imposibilidad de acceder a una vivienda propia.
Con 50 años, Lidia García sabe lo que significa empezar de nuevo una y otra vez. Separada y madre de dos hijas ya independientes, trabajó durante años en hostelería, comercio y logística. Pero la pandemia lo cambió todo. La pérdida de su empleo la dejó sin ingresos para mantener el alquiler de la vivienda en la que había vivido casi una década junto a sus hijas. Desde entonces, su hogar ha sido una sucesión de habitaciones alquiladas.
“Desde la pandemia llevo alquilando habitaciones, porque conseguir un piso ha sido imposible”, explica. La falta de un empleo estable y de una nómina fija la mantiene fuera del mercado ordinario de la vivienda. En estos años ha vivido en habitaciones pequeñas, caras y en malas condiciones, algunas con graves problemas de humedad, pagando hasta 450 euros al mes.
Hoy reside en una habitación en Azuqueca de Henares. Paga 350 euros mensuales con gastos incluidos. Aunque reconoce que su situación actual es más estable, lamenta que una habitación no pueda sustituir a un hogar: “Ni siquiera puedo invitar a mis hijas a comer conmigo. Tienes que reducir toda tu vida a lo mínimo. Tu ropa, tus recuerdos, tus cosas… Todo cabe en un armario pequeño o acaba guardado en un trastero”.
La precariedad laboral agrava esta realidad. Lidia encadena trabajos temporales y esporádicos mientras continúa formándose para mejorar sus opciones de empleo. Actualmente participa en el programa de empleo de Cáritas Sigüenza-Guadalajara, donde recibe acompañamiento y orientación laboral. “Cada vez que he pasado por una situación difícil he acudido a Cáritas. Ahora me estoy formando para trabajar en atención al cliente”, señala.
Además de la incertidumbre económica, denuncia las barreras que encuentran muchas personas para alquilar una habitación: requisitos difíciles de cumplir, discriminación por edad y falta de contratos o empadronamiento. “Te piden lo mismo que para alquilar un piso: contrato fijo, ingresos elevados y estabilidad laboral. Pero la realidad es que muchas personas vivimos de trabajos temporales o por horas”.
Lidia recuerda que vivir de alquiler en una habitación implica mucho más que la falta de espacio. “Al final tu vida se reduce a una habitación y de ahí no sales para no molestar o para que no te molesten. Ese pequeño cubículo se convierte en todo tu mundo”.
Su historia refleja una realidad cada vez más extendida: la de quienes, aun trabajando o buscando empleo activamente, encuentran enormes dificultades para acceder a una vivienda digna. Una situación que limita proyectos de vida, rompe vínculos cotidianos y obliga a muchas personas a sobrevivir en espacios que nunca llegan a sentirse como un hogar.

