Historias de Cáritas30/03/2026

Yovana: cuidando vidas lejos de la suya

Yovana lleva 20 años trabajando como empleada de hogar. Un trabajo imprescindible para el sostenimiento de nuestra sociedad, pero que sigue siendo frágil, poco reconocido y precarizado.

Yovana recuerda perfectamente el día que cruzó por primera vez la puerta de Cáritas. Era un 14 de abril de 2006, y aunque llevaba en España varios meses, se sentía muy sola. Había dejado en Bolivia a toda su familia y a sus dos hijos, la más pequeña con apenas 18 meses, con el sueño de poder ofrecerles un futuro mejor. Como tantas mujeres migrantes, tenía la necesidad urgente de trabajar y la incertidumbre de no saber por dónde empezar.

En Cáritas encontró orientación y un primer apoyo. Comenzó cursos de formación junto a otras mujeres que, como ella, buscaban una oportunidad en el empleo doméstico, y allí, además de adquirir herramientas que le servirían en su desempeño profesional, también descubrió que no estaba sola. “Gracias a ese curso pude empezar a trabajar y, con el tiempo, conseguir mis papeles”, recuerda.

Su primer empleo fue como interna. Un trabajo que exige total disponibilidad y que, en muchos casos, diluye los límites entre lo laboral y lo personal. No fue fácil. Vivir a miles de kilómetros de su familia y residir en el mismo sitio donde trabajaba le resultaba especialmente duro. Pero también fue la puerta para iniciar su regularización y, dos años después, poder reagrupar a su familia.

Desde entonces, Yovana ha trabajado en el cuidado de personas mayores. Un empleo imprescindible para el sostenimiento de nuestra sociedad, pero que sigue siendo frágil, poco reconocido y precarizado. “Cuando los hijos tienen que trabajar o los abuelitos están solos, nosotras estamos ahí”, explica. “Las trabajadoras del hogar hacemos un papel muy importante, no solo limpiando o cocinando, sino acompañando y sosteniendo. A veces no se ve, pero estamos ahí cada día”.

El empleo doméstico también está marcado por la inestabilidad, sobre todo para aquellas personas en situación administrativa irregular, sin protección frente a abusos o despidos. Cuando fallece la persona a la que cuidan, no solo desaparece el trabajo, sino que también lo hace ese vínculo humano que se ha construido en ese tiempo. Una realidad que les supone tener que empezar de nuevo. “En el primer trabajo, cuando se murió la abuelita, me dio mucha tristeza. Te quedas con un vacío y cuesta levantarse. Pero bueno, es nuestro trabajo y hay que seguir”.

La historia de Yovana no es una excepción. Es el reflejo de un sistema de cuidados que sobre todo recae sobre mujeres, en la mayoría de los casos, migrantes, que han tenido que abrirse camino en condiciones desiguales. Mujeres que sostienen hogares ajenos mientras reconstruyen y abandonan el propio y que trabajan mientras esperan una oportunidad más estable.

Yovana acaba de conseguir un nuevo contrato como empleada de hogar, cuidando de una persona mayor. Al mismo tiempo, para ampliar sus posibilidades laborales se ha formado en peluquería y estética y está enviando su curriculum a diferentes sitios. “No pasa nada si tardan en llamar. Yo voy a seguir intentándolo”.