Noticia • 07/10/2026

La vivienda, un derecho inalcanzable sin empleo digno

La precariedad laboral y el alto coste del alquiler dificultan el acceso a una vivienda digna. La iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente reclama empleos dignos que permitan una vida estable.

El acceso a una vivienda adecuada se ha convertido en una de las principales causas de exclusión social en Galicia. El encarecimiento de los alquileres y las exigencias de los propietarios hacen que incluso tener un empleo estable no garantice poder acceder a un hogar digno.

Los datos de FOESSA muestran que los problemas de vivienda afectan al 26,1% de la población y al 29,2% de los hogares gallegos. Entre 2018 y 2024, el precio de la vivienda aumentó un 32%, mientras que el alquiler subió un 20,8% entre 2018 y 2023. Unas 310.000 personas (11,6%) sufren exclusión residencial.

La dificultad para acceder a una vivienda también condiciona especialmente a los jóvenes. Solo el 31% de las personas de 18 a 34 años vive de forma independiente sin ayuda familiar, la edad media de emancipación se sitúa en 30,2 años y 3 de cada 10 jóvenes están en riesgo de pobreza o exclusión.

En el marco de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, que se celebra hoy, 7 de octubre, la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente pone el foco en cómo la falta de un empleo digno puede convertirse en una puerta de entrada a la exclusión. Bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente», las entidades que forman parte de esta iniciativa reivindican la necesidad de empleos estables y con salarios suficientes que permitan no solo trabajar, sino también acceder a una vivienda y construir un proyecto de vida digno.

De trabajar sin contrato a tener un empleo estable: la lucha por una vivienda digna

El caso de Juan, nombre ficticio utilizado para proteger su identidad, pero cuyo testimonio es real, refleja esta realidad. Este trabajador venezolano de 30 años y participante del programa de inclusión social básica, Mesturas de Cáritas, llegó a España hace diez meses y, tras la entrada al país de su esposa, de 27 años, y de sus hijos, de 12 y 5 años, pasó por trabajos sin contrato, con inestabilidad e impagos. Ahora, ya regularizado y con un contrato indefinido, sigue sin poder alquilar un piso.

Las exigencias de nóminas mínimas de casi 2.000 euros, avales o seguros de impago, junto al rechazo de algunas familias con niños, han obligado a los cuatro a vivir en una habitación por 575 euros al mes, compartiendo cocina con personas desconocidas y sin capacidad de ahorro.

¿Podrías contarnos un poco sobre ti, tu familia y cómo es vuestra vida actualmente?

Soy un muchacho de 30 años, responsable y trabajador. Vengo de Venezuela y llevo 10 meses en España, concretamente en Vigo. Vine primero yo para construir una base económica y después traer a mi familia. Mi esposa tiene 27 años, mi hijo 12 y mi niña 5. Ellos llegaron hace dos meses y ahora estamos los cuatro juntos.

Acabas de conseguir la regularización, ¿qué ha supuesto para ti y para tu familia este paso y qué esperas que pueda cambiar a partir de ahora?

Para nosotros, la regularización ha supuesto una gran ayuda y la apertura de muchas puertas y oportunidades, especialmente para quienes venimos con ganas de trabajar y aportar nuestra mano de obra. Entré en la regularización hace unos dos o tres meses y el próximo mes recogeré mi TIE en la Policía de Extranjería. Ahora espero que nuestra situación pueda mejorar y, sobre todo, que mi esposa también pueda obtener un permiso de trabajo por el hecho de estar casados y ser una familia. Sería una gran ayuda que la regularización de uno de los miembros pudiera extenderse al cónyuge, para que ella también pueda trabajar legalmente.

Antes de conseguir la regularización, ¿cómo ha sido tu experiencia buscando y realizando trabajos sin contrato? ¿A qué dificultades te has tenido que enfrentar?

Llegué en octubre, en pleno invierno, con mucha lluvia y frío. Pensaba que en cinco días conseguiría trabajo, pero nadie quería contratarme porque no tenía papeles. Me levantaba muy temprano y caminaba hasta el puerto para preguntar por trabajo, hasta que un señor me dio una oportunidad de trabajar en negro. Trabajar en negro me ayudó a pagar una habitación y a enviar dinero a mi familia en Venezuela, pero en ocasiones el empleador no me pagaba o me ponía excusas. Me quedaba sin dinero, teniendo que pagar el alquiler y enviar dinero para la comida de mis hijos. Aunque al final terminaban pagándome, durante ese tiempo vivía con mucha incertidumbre y preocupación.

Ahora que tienes tu situación regularizada, ¿qué diferencias encuentras a la hora de acceder a un empleo con contrato y con unas condiciones laborales dignas?

La diferencia es enorme. Cuando trabajaba en negro estaba siempre en alerta, pensando qué pasaría si me ocurría algo, porque no tenía seguro ni ningún tipo de cobertura. Esa situación afecta mucho también a la salud mental. Ahora trabajo como montador de muebles con un contrato indefinido, tengo nómina y seguro médico. Todo eso me da una gran tranquilidad, comodidad y, sobre todo, paz mental.

¿Cómo ha influido la situación laboral y la dificultad para encontrar un trabajo estable en vuestra posibilidad de acceder a una vivienda adecuada?

Ha influido muchísimo, porque los precios del alquiler son muy altos y, además, piden demasiados requisitos: nóminas de al menos 1.900 euros, aval bancario o seguro de impago. A eso se suma que, cuando decimos que tenemos dos niños pequeños, de 5 y 12 años, algunos propietarios se lo piensan y terminan rechazándonos. Actualmente, como solo trabajo yo, mi sueldo se va prácticamente entero en pagar el alquiler, la luz, el agua y la comida. Pagamos 575 euros al mes por vivir los cuatro en una sola habitación. La habitación tiene baño propio, pero compartimos la cocina con muchísima gente y tenemos que adaptarnos a los horarios para poder cocinar, porque las cocinas eléctricas siempre están ocupadas. Tampoco es un lugar seguro para dejar a los niños solos jugando. Siempre tengo que estar con ellos y acompañarlos.

¿Os habéis encontrado alguna vez ante la situación de tener que aceptar un trabajo o unas condiciones laborales determinadas para poder mantener vuestra vivienda o encontrar un lugar donde vivir?

Sí. Cuando trabajaba sin contrato haciendo entregas, sufrí faltas de respeto y comportamientos inadecuados por parte de un compañero que me hablaba a gritos y me menospreciaba por ser inmigrante. Estuve a punto de dejar ese trabajo, pero no podía hacerlo porque, si renunciaba, no tenía cómo pagar el alquiler ni cómo enviar dinero a mi familia en Venezuela para que pudieran comer. Tuve que aguantar y soportar aquella situación por necesidad.

Cuando los ingresos no son suficientes, ¿cómo tenéis que organizar el dinero en casa para poder hacer frente a gastos como el alquiler, la alimentación, los suministros o las necesidades de vuestros hijos?

Nos organizamos priorizando estrictamente lo necesario. Lo primero e indiscutible es siempre el alquiler, seguido de la comida, el agua, la luz y el gas. Después valoramos qué necesitan los niños, por ejemplo, si les hace falta calzado, material o alguna cosa para la escuela. Con un solo salario nos alcanza muy justo para cubrir los gastos mensuales del hogar. Tenemos que medirnos al máximo y no nos queda prácticamente nada.

¿Hay momentos en los que tenéis que elegir entre unos gastos y otros porque no podéis asumirlos todos? ¿Cómo se vive esa situación dentro de la familia?

Sí. Tenemos que analizar cada mes qué es prioritario y decidir qué podemos pagar en ese momento y qué tendremos que resolver al mes siguiente, mientras mi esposa no pueda trabajar. Vivimos al día y es una situación que genera mucho estrés. Aun así, dentro de la familia lo afrontamos con mucho amor, unión y optimismo. Mantenemos la fe en que todo va a mejorar y en que, poco a poco, lograremos salir adelante.

Ahora que habéis dado este paso con la regularización, ¿qué crees que necesitáis para poder construir una vida más estable para ti y para tu familia?

Lo que más necesitamos ahora es poder alquilar un piso solo para nosotros, tener nuestra propia vivienda y contar con privacidad, tranquilidad y un espacio donde podamos estar los cuatro juntos. También necesitamos que mi esposa pueda regularizar su situación para poder trabajar legalmente. De esa manera podríamos contar con dos salarios en el hogar y tendríamos muchas más posibilidades de construir una vida estable.

Cuando piensas en un futuro en el que vuestra situación haya mejorado, ¿qué significaría para ti tener un trabajo decente y unas condiciones de vida dignas?

Significaría felicidad, tranquilidad y paz. Significaría que mi esposa pueda estar trabajando, que mis hijos tengan una buena educación y puedan estudiar una carrera profesional que les permita tener su propio futuro. También significaría que el salario nos alcance, que yo pueda estudiar algún oficio, como electricidad, fontanería o conducir camiones, y que, con el tiempo, podamos tener nuestra propia vivienda y un coche. Para mí, todo eso sería poder vivir una vida digna y normal, con tranquilidad y sin estar siempre preocupados por si vamos a llegar a fin de mes.

¿Cómo ha sido para vosotros el acompañamiento de Cáritas durante este proceso y en qué momentos sentisteis que ese apoyo era especialmente necesario?

El apoyo de Cáritas ha sido enorme. Me orientaron sobre todos los pasos que tenía que seguir para la regularización, me ayudaron a buscar alojamiento cuando lo necesité y también me brindaron ayuda económica para comprar alimentos cuando trabajaba en negro y no me pagaban. Fueron un apoyo fundamental cuando llegué sin información y sin conocer cómo funcionaban las cosas aquí. También me orientaron y me dieron la información necesaria para poder traer a mi familia.

Más allá de la ayuda concreta que hayáis recibido, ¿qué ha significado para ti y para tu familia sentir que había alguien que os acompañaba durante este camino?

Ha significado muchísimo. En Cáritas nos trataron como si fuéramos parte de su propia familia. En un país donde no conocíamos a nadie, sentir que las trabajadoras sociales se preocupaban por nosotros, nos preguntaban cómo estábamos, cómo íbamos y nos daban ánimos nos motivó a no rendirnos y a seguir adelante. Ese acompañamiento personal y humano ha sido muy importante para nosotros. Nos ha dado una tranquilidad y un alivio enormes y nos ha hecho sentir que no estábamos solos durante todo este proceso