Noticia • 09/10/2026

Cuando trabajar no basta para vivir con tranquilidad: el camino de una pareja colombiana hacia un trabajo decente

Tener un empleo ya no garantiza escapar de la pobreza ni acceder a una vivienda digna. La precariedad laboral y residencial sigue dificultando la emancipación y el desarrollo de un proyecto de vida autónomo.

 

Tener un empleo ya no garantiza escapar de la pobreza o la exclusión social. Con motivo de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, que este año se celebra bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente», los datos evidencian una realidad especialmente difícil para los jóvenes: solo el 31% de los jóvenes de entre 18 y 34 años logra emanciparse sin ayuda familiar, mientras la edad media para hacerlo alcanza los 30,2 años. A ello se suman una temporalidad juvenil del 32% y el riesgo de pobreza o exclusión que afecta a 3 de cada 10 jóvenes.

Detrás de estas cifras hay historias como la de Andy, de 25 años, y Gabi, de 21, (nombres ficticios para proteger su identidad, pero cuyo testimonio es real), una pareja colombiana que llegó a España buscando la seguridad que habían perdido en su país tras sufrir amenazas e intimidaciones. Mientras tramitan su solicitud de asilo y esperan a disponer de permiso de trabajo, se ven obligados a recurrir a empleos en B para poder afrontar los gastos básicos.

Su experiencia refleja también las dificultades para acceder a una vivienda digna. Tras trabajar en una finca próxima a la frontera con Portugal, consiguieron reunir el dinero necesario para alquilar, con el aval documental de una familiar, una habitación por 420 euros al mes. Viven en un inmueble en el que personas desconocidas comparten la cocina y donde pagar el alquiler se convierte en una prioridad incluso por encima de la alimentación. 

Pese a todo, mantienen la esperanza. Actualmente estudian un curso de soldadura con el objetivo de acceder a empleos cualificados y cuentan con el apoyo de Cáritas Tui-Vigo a través de su proyecto de inclusión social, A Carón. La entidad les ayuda a asumir la mitad del alquiler, les proporciona vales para la compra de alimentos y les ofrece acompañamiento psicológico y humano.

Su historia conecta directamente con el mensaje para esta fecha de Mons. Antonio Valín Valdés, obispo de Tui-Vigo, quien advierte sobre la consolidación de la figura del «trabajador pobre»: personas que madrugan, trabajan y producen, pero no consiguen llegar a fin de mes. Reclama un empleo que garantice un salario justo y un «techo digno», de modo que acceder a una vivienda no se convierta en una lucha titánica.

Mons. Antonio Valín concluye con una llamada a la responsabilidad colectiva:

«O apostamos decididamente por la dignidad en el empleo, o estaremos construyendo una sociedad de mentira. Es urgente pasar de la exclusión a la fraternidad».

La historia de Andy y Gabi pone rostro a unas cifras que interpelan a toda la sociedad y recuerda la necesidad de transformar las estructuras laborales y de vivienda para situar la dignidad de la persona en el centro.

Para empezar, ¿os gustaría presentaros y contarnos un poco sobre vuestra historia y cómo era vuestra vida antes de llegar aquí?

Venimos de Colombia, de una zona muy castigada por la violencia. Hace cinco años me mudé a la ciudad de Cali, allí nos conocimos y desde entonces estamos juntos. El motivo principal por el que decidí marcharme fue que sufrí una agresión sexual cuando iba camino al trabajo. Presenté la denuncia, pero las amenazas para que la retirara no cesaron. Tomamos la decisión de que yo viajara primero para establecerme y solicitar asilo. En cuanto me fui, comenzaron a amenazarle a él: le enviaban mensajes y acudían a nuestro apartamento para advertirle de que, si no se comunicaba conmigo para retirar la denuncia, acabarían con su vida. Ante esta situación, vendimos todo lo que nos quedaba para empezar de cero en un país más seguro.

¿Qué esperabais encontrar cuando llegasteis aquí y cómo ha sido el camino hasta vuestra situación actual?

Esperábamos encontrar la seguridad que nos faltaba. En Colombia era imposible ir por la calle con el móvil en la mano por miedo a que te robaran o te mataran. Ahora, en cambio, puedo caminar con el teléfono en la mano. Al principio arrastraba la psicosis y el miedo constante, pero aquí la seguridad es infinitamente mejor. El camino desde que llegamos en febrero ha sido duro. Los dos primeros meses me costó mucho adaptarme al invierno y al clima. Después conseguí un pequeño empleo informal de palabra. Trabajaba siete horas al día, de 10:00 a 17:00, sin contrato, ya que todavía no tenía los documentos ni el permiso de trabajo. Estuve unos siete días, pero el responsable nunca me pagó. Cuando le advertí de que, si no me abonaba el salario, iba a denunciarlo, me amenazó, y actualmente seguimos con ese proceso legal.

¿En qué punto estáis con el proceso de regularización y qué supone para vosotros esta espera?

Estamos en el proceso de asilo y a veces resulta un poquito frustrante pensar qué pasaría si la resolución sale negativa. Queremos la regularización principalmente para poder cotizar, aportar al país, acceder plenamente a la sanidad y vivir con tranquilidad. Al final, nadie sabe lo que una persona está pasando a nivel emocional, físico y económico hasta que se sienta a hablar con ella y le cuenta su verdadera historia.

¿Cómo ha sido vuestra experiencia a la hora de encontrar trabajo y qué dificultades habéis encontrado para acceder a un empleo con contrato y condiciones dignas?

La experiencia, por ahora, es regular. Los fines de semana hago trabajos de limpieza, pero la persona para la que trabajo tarda más de mes y medio o casi dos meses en pagar, así que se hace muy complicado. De momento, solo hemos podido conseguir empleos informales o en B. A mí se me activa el permiso de trabajo el 27 de noviembre, y a él, el 29 de enero. Mientras tanto, para poder salir adelante, pagar la habitación y la comida, nos toca aceptar este tipo de trabajos en B y en efectivo. 

¿Qué os supone trabajar sin contrato o en situaciones laborales inestables? ¿Cómo afecta eso a vuestro día a día y a la posibilidad de construir un futuro?

Es muy arriesgado. Lo que más nos preocupa de trabajar sin contrato es sufrir un accidente laboral, porque nadie va a responder y tampoco tenemos los medios para pagar un hospital; además, todavía no contamos con la tarjeta sanitaria. Estamos en el proceso de acceder a la sanidad pública, pero a mí me demora seis meses y por ahora solo podemos acudir a urgencias. En el día a día, esto genera muchísima ansiedad y estrés. Venimos con todas las ganas de trabajar, de salir adelante y de empezar desde cero con estabilidad, pero te frustras cuando buscas empleo y te cierran las puertas por no tener los documentos en regla. Es una auténtica desesperación pensar en la compra de alimentos, en que la comida se acaba y en que llega el mes del alquiler, preguntándote de dónde vas a sacar el dinero para pagar.

Encontrar una vivienda es una gran dificultad. ¿Cómo se relaciona esta situación con vuestra realidad laboral y cómo accedisteis a vuestra habitación?

Fue muy complicado porque para buscar una habitación te piden nóminas, depósitos y seguro de impagos. Para poder reunir dinero para el alquiler y la fianza, me tocó ir a trabajar cerca de la frontera con Portugal, en una finca. Además, mi prima nos tuvo que ayudar avalándonos con sus documentos y su nómina ante el propietario. Finalmente, encontramos una habitación por 420€ a través de una aplicación; nos pidieron un mes de fianza y el mes de alquiler por adelantado.

¿Cómo es la convivencia y las condiciones de vida en la vivienda donde alquiláis la habitación?

Vivimos en una habitación y la convivencia es complicada. Para cocinar hay que hacer fila porque la gente se amontona en la cocina. Como el piso es de madera, cruje al caminar, así que no te puedes levantar de madrugada sin despertar a los demás vecinos. En la vivienda hay como diez personas, pero la cocina la llegan a utilizar entre treinta y cuarenta personas en total, porque es común a varios pisos. Por suerte, cada habitación tiene su propio cuarto de baño privado. Dentro de nuestra habitación apenas socializamos con nadie; nos adaptamos a estar ahí porque es lo que toca por ahora, sabiendo que es una situación pasajera.

Cuando los ingresos son pocos o irregulares, ¿cómo os organizáis para hacer frente a los gastos básicos y a qué le dais prioridad?

Le damos prioridad absoluta a la habitación. Desde que vivíamos en Colombia siempre hemos sido muy responsables con el pago del techo. La comida de un día para otro se puede conseguir, pero la habitación hay que asegurarla; de hecho, incluso teniendo cubierto lo del mes actual, ya estamos pensando en cómo hacer para el siguiente. Además, la cesta de la compra está muy cara. 

Si pudierais elegir qué necesitáis ahora mismo para dar un paso adelante y construir una vida más estable, ¿qué sería?

Un trabajo estable. De un empleo estable sale el dinero para la habitación, la alimentación y todo lo demás. Nuestra prioridad absoluta ahora mismo es que se nos active el permiso de trabajo lo antes posible y que la resolución de la solicitud de asilo sea favorable.

¿Cómo os imagináis vuestro futuro si pudierais tener acceso a un trabajo digno, una vivienda estable y las oportunidades necesarias?

Nos lo imaginamos con tranquilidad: viviendo en un piso solo para nosotros dos y con un empleo estable cada uno. Mientras esperamos a que se active el permiso de trabajo, no perdemos el tiempo; nos estamos preparando y estudiando. Yo dejé a medias la carrera de Diseño Gráfico en Colombia y él estudió Gastronomía. Ahora estamos haciendo un curso de soldadura que termina en marzo, y a partir de ahí queremos prepararnos para buscar un empleo más acorde a lo que estudiamos.

¿Qué ha supuesto para vosotros encontrar el apoyo de Cáritas en este proceso y en qué aspectos os ha ayudado?

Cáritas ha sido nuestra salvación, prácticamente una bendición. Llegué a pensar que, si no conseguía el dinero para el alquiler, me tocaría dormir en la calle. Cáritas nos ayuda colaborando con la mitad del pago de la habitación y apoyándonos con los alimentos. Además, también hemos recibido atención psicológica para orientarnos y gestionar las emociones.

 ¿Hay algo que hayáis recibido de Cáritas —más allá de la ayuda material— que haya sido especialmente importante?

La comprensión. Cuando le explicamos en detalle nuestra situación y los motivos de nuestro viaje a la trabajadora social, nos entendió perfectamente y nos brindó una mano amiga, mostrando siempre mucha amabilidad, cercanía y cariño con nosotros.