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Qué pensamos: Comisión de denuncia

 
Temporeros en nuestras calles y plazas. ¿Debemos hacer algo?
Tribuna Estos días vemos a cientos de personas, en su mayoría extranjeros y muchos de ellos del África subsahariana, deambulando por nuestras ciudades. Y aunque año a año viene sucediendo lo mismo, nunca deja de asombrarnos, cuando no de molestarnos.

Sabemos que la mayoría no encontrará trabajo más que algunos días de forma esporádica, que muchos se verán obligados a trabajar a destajo, alargando la jornada laboral, con salarios por debajo de lo establecido en los convenios...

Entonces, ¿por qué vienen? Organizaciones y administraciones les dicen que las posibilidades serán escasas, ya que los agricultores que precisan trabajadores suelen tener apalabrada a la gente que necesitan con anterioridad. Pero aún así vienen y, seguramente, volverán los años próximos.

La mayoría tienen detrás una historia tremenda que narra cómo han sido expulsados de sus países por circunstancias diversas: políticas, económicas, medioambientales, desastres naturales, etc. Abandonaron su casa en busca de una vida digna que les ha sido negada. Usaron los ahorros de su familia para el viaje; muchos arriesgaron su vida cruzando el mar para llegar a España. En general, llevan muchos años aquí, diez o más, y disponen de permiso de trabajo, requisito indispensable para ser contratados.

El problema es que no encuentran un trabajo digno. La situación económica ha supuesto una precarización todavía mayor de las condiciones laborales de los inmigrantes en cuanto a la temporalidad, remuneración, ausencia de contratos, etc. Desde Cáritas vemos cómo se multiplican las situaciones de explotación laboral, sin contrato ni Seguridad Social, que sufren los inmigrantes, en la economía sumergida, como única vía para sobrevivir. Y ante ello, van de una zona a otra, buscando unos días o incluso unas horas de trabajo. La mayor parte del día, si no hay trabajo, se la pasarán a la espera de alguien que les quiera contratar. Duermen donde pueden. Comen en comedores sociales. Y llevan todo lo que tienen en una maleta: la ropa, sus papeles, su móvil para contactar con la familia o con quien les pueda dar trabajo y sus ilusiones frustradas.

Son la cara visible de este mundo: unos podemos vivir más o menos cómodamente; otros, desgraciadamente la mayoría, tiene problemas para subsistir o pasan hambre.

Está claro que la solución no la van a poner las ONGs que se esfuerzan en dignificar la vida de estas personas, con ayudas de todo tipo. El problema es mucho más complicado: una pequeña parte del mundo disfruta de la mayor parte de bienes, energía y alimentos, mientras la mayoría carece de ellos.

En el año 2000 se elaboraron 8 Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) con el fin de acabar con la pobreza y el hambre, mejorar la educación, la salud, etc. Solo algunos de ellos se han cumplido, aunque haya habido avances. Pero sigue siendo un escándalo que una de cada ocho personas en este mundo pase hambre, mientras en Europa se tira la tercera parte de la comida que compramos. O que haya unos 50 millones de niños y niñas sin escolarizar. O que medio centenar de personas tengan tanto dinero como la mitad más pobre del planeta: casi 4.000 millones de personas.

Ahora las Naciones Unidas han logrado otro acuerdo: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Hay que cumplirlos de aquí al 2030, y afectan a todos los países y a todas las Administraciones. Aunque nadie ha oído hablar de cómo cumplirlos en los debates electorales, ni figuran en la agenda inmediata de los partidos.

Es decir: el problema es global pero tenemos mucho que hacer desde lo local. Nos desborda, pero tenemos que trabajar para denunciar este mundo injusto, esta economía que mata (en palabras del Papa Francisco), este egoísmo nuestro que nos hace volver la cara a otro lado porque nos molesta este aluvión de gente que afea nuestras ciudades.

Parte de la solución sí que está en nosotros: en ser conscientes de lo que está pasando, en revertir nuestros hábitos de consumo, en denunciar las situaciones de vulneración de derechos. En cumplir las leyes de trabajo que especifican el salario y las condiciones de acogida de los temporeros. En exigir a nuestros Gobiernos un apoyo real a la Cooperación al Desarrollo de los países empobrecidos.
Precisamente estos días, en Logroño, se ha celebrado el III “Encuentro de trabajo sobre temporeros” de Cáritas Española. En él nos hemos reunido técnicos y voluntarios de las Cáritas regionales que estamos trabajando con temporeros agrícolas. El objetivo ha sido intercambiar experiencias, aprender unos de otros, ver las nuevas necesidades y problemas que se plantean, para intentar mejorar nuestra atención a estas personas. Y si algo hemos evidenciado es que, en el caso de los temporeros agrícolas en nuestro país, la máxima carencia es la deficiente cobertura que se produce en recursos de alojamiento y las situaciones de explotación laboral (en muchos casos con intermediarios). Ahí es donde juegan un papel clave los empresarios y las corporaciones locales a la hora de brindar lo que por ley les corresponde: un dispositivo de alojamiento digno y unas condiciones laborales adecuadas y justas. Mientras no se haga lo suficiente por parte de quienes tienen la responsabilidad, a nosotros como ciudadanía nos queda esforzarnos en ayudar y acoger a quien lo necesita, pero también denunciar estas situaciones para que no tengan que producirse de nuevo otro año.

Joaquin Yangüela
Responsable del Área de Integración Social Cáritas Diocesana La Rioja


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