Análisis y reflexión16/02/2026

Cáritas, rostro del Buen Samaritano en tiempos de tragedia y emergencia

Darío Reina, Director de Cáritas Diocesana de Córdoba reflexiona sobre el papel de Cáritas en las tragedias de Adamuz y las riadas del río Guadalquivir.

En los últimas semanas, Andalucía, y de forma particular nuestra Diócesis de Córdoba, se han visto sacudidos por acontecimientos que han traído consigo momentos de profundo sufrimiento y conmoción. Primero, el accidente ferroviario ocurrido en Adamuz el 18 de enero de 2026, cuando dos trenes de alta velocidad colisionaron en circunstancias que aún se investigan, dejando decenas de muertos y centenares de heridos en lo que se ha calificado como una de las peores tragedias ferroviarias en España en años.

En las siguientes semanas, hemos visto cómo las intensas lluvias asociadas a las borrascas “Leonardo” y “Marta” han provocado un aumento extraordinario del caudal del río Guadalquivir y de otros arroyos, con la crecida que superó niveles de riesgo rojo en la capital y la provincia. Esto obligó al desalojo de cientos de familias y puso en riesgo barrios como Alcolea, Majaneque y otras zonas ribereñas de Córdoba capital y municipios cercanos.

Ante estos dos episodios que han golpeado tanto a viajeros como a vecinos de nuestra tierra, Cáritas ha vuelto a demostrar que, cuando hay dolor o necesidad, la Iglesia está donde debe estar: al lado de las personas, sin pasar de largo.

La parábola del buen samaritano que Jesús nos regala en el Evangelio (Lc 10,25-37) no es solo una historia, sino un modelo de actuación concreta: no pasar de largo, atender de inmediato las necesidades prioritarias y acompañar en el camino de regreso a la vida y la normalidad. Este mismo espíritu se encarnó cuando, tras el accidente en Adamuz, las comunidades cristianas y Cáritas no esperaron a ser convocadas, sino que acudieron con prontitud a socorrer a los heridos y desplazados.

Voluntarios, parroquias y equipos de Cáritas se movilizaron desde el primer momento. En la parroquia de San Andrés de Adamuz, el párroco y los feligreses abrieron las puertas del templo para proporcionar refugio, alimento, abrigo y escucha a los pasajeros que salían del tren o esperaban noticias de sus familiares. La respuesta fue tan inmediata que las mantas, víveres y agua se pusieron a disposición de los viajeros antes incluso de que las autoridades organizaran la asistencia formal.

La presencia del Obispo de Córdoba, Mons. Jesús Fernández González, abrazando a los afectados, escuchando sus lágrimas y rezando con ellos, ha sido un testimonio de cercanía pastoral y consuelo espiritual en medio del dolor. Esto es precisamente lo que el Evangelio nos enseña: no basta la asistencia material, también es crucial la cercanía humana y la esperanza que se comunica con la presencia real.

Si el primer reto fue repentino y dramático, el segundo ha sido amplio, progresivo y silencioso: las lluvias extremas y la crecida del río Guadalquivir que obligaron a desalojos preventivos y provocaron daños materiales en barriadas, viviendas y asentamientos, incluyendo comunidades vulnerables como temporeros agrícolas y familias en asentamientos irregulares en la periferia de la ciudad.

En este escenario de incertidumbre y necesidad de apoyo integral, las Cáritas de las zonas afectadas dieron también un paso al frente convirtiendo a sus parroquias en centros de acogida y atención integral, abiertos las 24 horas para quienes han perdido temporalmente su hogar o necesitan un lugar seguro. Esa actitud de “estar donde se sufre” es precisamente la encarnación de la caridad que Jesús nos manda vivir.

Por su parte, Cáritas Diocesana de Córdoba ha apoyado en todo momento a estas parroquias, y activado rápidamente una campaña solidaria para atender a las familias afectadas. Esta campaña se ha diseñado no solo para responder a las necesidades inmediatas —como alimentos, ropa, enseres básicos o alojamiento temporal—, sino también para acompañar a las personas en la reconstrucción de sus hogares y de sus proyectos de vida una vez que pase la fase de emergencia. Cuando cesan las lluvias comienza el verdadero trabajo, y Cáritas no solo acude al momento crítico del desastre, sino que permanece en la senda del acompañamiento a largo plazo.

En ambas situaciones —el accidente de tren y las inundaciones— hemos visto testimonios de solidaridad que recuerdan el corazón de nuestra fe: vecinos que ayudan a desconocidos, voluntarios que renuncian a descanso para atender a otros, creyentes que oran con lágrimas por los suyos, comunidades parroquiales que se vuelven hogares temporales… Todo ello refleja que la caridad cristiana no es teoría, sino compromiso activo con el hermano herido en su propio camino.

Estos gestos, unidos a la acción organizada de Cáritas, no solo han aliviado un sufrimiento inmediato, sino que han encendido una luz de esperanza y confianza en que, incluso en momentos trágicos, Dios no nos abandona, sino que nos llama a ser sus manos, sus pies y su corazón para los demás.

Cáritas ha estado donde debía estar —junto al herido en el camino— y lo seguirá estando. Esta cercanía es un motivo de orgullo y de agradecimiento, no solo para quienes forman parte de esta institución, sino para toda la Iglesia y la sociedad cordobesa. Porque el amor que actúa y acompaña es signo del amor de Cristo en nuestra historia.

 

Imagen de Miguel A. Salas.